Su madre, doña Ascensión de los Dolores, ya se lo dice: "No pienses más en ella. Mira cómo estás… Deja de llorar como una magdalena. Qué pinta tienes… Deberías cuidarte, estás hecho un ecce homo. Venga, Enrique Ignacio Francisco, levántate y anda. Vete con tus amigos. Tienes una cena con ellos y tal vez sea la última."
Pero él no reacciona. Hace tiempo que su vida se ha convertido en un auténtico vía crucis.
Insiste. Pero María Verónica del Rosario se hace la tonta. Se anda por las ramas (de un olivo) sin decirle si sí o si no. Él pide que tenga piedad, que no sea tan dura. Que esa falta de amor es una cruz muy pesada de llevar. Y ella se niega a corresponderle. Una, dos y hasta tres veces.
Pero lo que realmente le duele es que María Verónica del Rosario se deje ver con su amigo Pedro Tadeo Simón retozando por el monte (con olivos o sin ellos) y éste también se lo niegue hasta tres veces. Es más, que Pedro Tadeo Simón haya comprado el silencio de sus amistades a cambio de unas monedas y que éstos acepten y se laven las manos, lo ha acabado de hundir. Esa traición no la puede entender. Aquello se ha convertido en un calvario que acabará crucificándolo para siempre.
X. La Crucifixión
Alice Piérot, Les Veilleurs de Nuit
© ALPHA 2003







